Palabras Más / ¡Impunidad cotidiana!
El periodismo es una pasión insaciable
que solo puede digerirse y humanizarse
por su confrontación descarnada con la realidad
Gabriel García Márquez
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Hay casos de corrupción que se vuelven escandalosos por quienes son los protagonistas; otros, por cómo se van tejiendo esas redes de poder que se insertan hasta los tuétanos de las dependencias, y vaya que la historia de la política nacional puede dar cientos de ejemplos. Pero hay otra corrupción que corre de manera cotidiana, camina silenciosa y, mientras no nos pega, somos indiferentes; sin embargo, nos daña a todos los ciudadanos porque se da en las instituciones que deberían procurar justicia.
Ahí está la corrupción que habita en las fiscalías y en los Ministerios Públicos de la Ciudad de México, y que los mandos niegan sistemáticamente. En esos espacios, la justicia no sólo se tarda: se negocia y se aplica según la mochada; para los que no le entran, se diluye o de plano se pierde en el archivo muerto. Ahí comienza, según la teoría —o debería comenzar—, el Estado de derecho, pero termina siendo el primer eslabón de la cadena de impunidad. Terminar con esa corrupción quedó muy lejos de su incipiente reforma judicial de los morenos.
Hace unos meses falleció un vecino. Aunque estaba enfermo, un miembro de su familia tocó el botón de pánico para que los asistieran con una ambulancia; lamentablemente, ya era tarde. Los que sí llegaron fueron los patrulleros de la zona, de inmediato a “zopilotear” a la familia: los comenzaron a “trabajar”, así se refieren ellos, presionando sobre si alguien lo había matado, que iban a investigar, que ya venía el MP, que los iban a presentar… pero ellos podían “parar la bronca” con dinero. Eso incluía los servicios de una funeraria. La dádiva era de 30 mil pesos. Afortunadamente, otro miembro de la familia, más sereno, les dijo que no, porque se trataba de una muerte por enfermedad terminal. Llegó la funeraria previamente contratada y su médico dio el certificado de defunción.
Todos sabemos lo que pasa cuando, por alguna razón, se llega al Ministerio Público: para agilizar cualquier trámite hay que soltar para que se reparta entre los eslabones de la cadena. No cabe duda de que la corrupción sigue siendo un gran negocio que deja millones, y los datos duros no dejan espacio para el optimismo. En la capital del país, las investigaciones por corrupción de servidores públicos crecieron más de 290% en menos de tres años, al pasar de 116 casos en 2021 a 455 en 2023, con un total de 753 carpetas abiertas en ese periodo.
Hace unos días se dio el feminicidio de Edith Guadalupe. Más allá del móvil y de la investigación de la autoridad, la familia denunció que les pedían dinero para agilizar y hacer su trabajo; por ello, la fiscal —impuesta por López Obrador— separó del cargo a un funcionario. Aquí cabe mencionar otro dato revelador: en 2023, más del 80% de los funcionarios sancionados por corrupción pertenecían a esa estructura. Quienes deben investigar delitos terminan siendo protagonistas de ellos.
La corrupción en la Ciudad de México tiene el costo más alto del país. Según estimaciones del INEGI, se trata de 6,471 pesos por víctima, casi el doble de la media nacional. Eso se va en “mordidas”, en trámites que se aceleran con billete, en expedientes que avanzan sólo si hay incentivo; y muchos de los agentes lo piden sin recato, varios hasta tarifa le ponen. Por ello, 93 de cada 100 delitos no se denuncian y 94% no se castigan. No es casualidad que la ciudadanía desconfíe del MP y su personal que hacen de la corrupción una forma de vida.
En este país de desaparecidos y desplazados, de fosas clandestinas y de madres buscadoras, no sorprende que las familias hagan el trabajo de investigar y sean, incluso, más eficientes que varios funcionarios. La corrupción en las fiscalías no sólo roba dinero, roba confianza, y basta preguntar a cualquiera que haya pisado un MP. Y cuando un país pierde la confianza en su sistema de justicia, pierde algo mucho más grave: la certeza de que la ley sirve para algo y es para todos, no solo para quien le entra con el moche…
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Hasta la próxima.















