Palabras Más / ¡Obra negra!
El metro es el único sitio
en donde la lucha de clases
viaja sentada
Carlos Monsiváis
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Hoy dejo para después los temas nacionales para entrarle al de la Ciudad de México, con sus grandes problemas, como el de la movilidad, que se ha convertido en una verdadera tortura, sobre todo el Metro, el sistema de transporte más utilizado del país y de Latinoamérica.
Ya son cuarto para la hora para el inicio del Mundial. Apenas unos cuantos partidos y las obras no terminan; ahí siguen las vallas, las máquinas, los cortes, el polvo, los andamios y la poca luz. Así están estaciones emblemáticas como Hidalgo, Bellas Artes, Allende y muchas más. Un verdadero trabuco transitar por ellas y más cuando se tiene alguna discapacidad. Eso sí, se llenan la boca diciendo que es una ciudad incluyente.
En unos días seremos testigos de la inauguración del Mundial y no habrá forma de ocultar el éxito o el fracaso del gobierno capitalino. La promesa es un Metro moderno para recibir al mundo, aunque “solo es cosmético”, me dice un amigo urbanista, quien además resalta cómo salen las cosas cuando se hacen con prisa. Enfático, asegura que no lo van a terminar.
La postal que ofrece la calzada de Tlalpan, adentro y afuera de las instalaciones del Metro, es conocida: trabajadores de casco naranja bajo el sol inclemente de mayo; soldadores lanzando chispas como fuegos artificiales adelantados y funcionarios tomándose fotografías frente a planos enormes donde todo luce perfecto. Aunque ellos no usan ese transporte. La jefa Clara Brugada viaja en su cómoda camioneta, mientras millones sufren las consecuencias de sus decisiones, como la señora Martha, de Iztapalapa, quien tiene una discapacidad y debe subir escaleras eléctricas que no funcionan. Mienta madres, pero ni modo, tiene que subir.
También está don Jesús, que va a Xochimilco. Tiene debilidad visual y se la rifa para salir entre el cascajo. Eso sí, en los discursos el transporte será eficiente, digno y seguro; en la realidad, los usuarios siguen entrando a estaciones saturadas, soportando retrasos y rezando para que el convoy avance sin contratiempos, saliendo antes y, aun así, llegando tarde.
Ese tren naranja carga una historia pesada, de esplendor y corrupción. No solo transporta personas; mueve frustraciones, prisas, cansancio y hasta el humor nacional que les manda rechiflas a los que gobiernan. Espacio hay hasta para las madrizas. Ahí viaja el estudiante que sale de madrugada, la enfermera agotada después del turno nocturno y el comerciante que no puede darse el lujo de llegar tarde.
Entre tanta prisa mundialista aparece la vieja duda mexicana: ¿las obras son para el ciudadano o para la fotografía internacional? Porque cuando se apaguen las cámaras y termine el torneo —de nuevo, solo cuatro partidos—, los que se quedan usando el Metro serán los mismos millones de siempre. Ahí no cuentan ni Clara Brugada ni el director Adrián Rubalcava.
El futbol dura noventa minutos y luego viene el regreso a la realidad, pero las consecuencias de las obras públicas se padecen o se disfrutan durante décadas… y estas no parecen ser el caso.
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Hasta la próxima.
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