Guacamaya verde, la expedición
Desde niño, pericos y guacamayos han tenido un firme lugar entre mis aves favoritas, pues tienen personalidad propia, es fácil “humanizarlos” y ver reflejos de nosotros en su comportamiento; traen la música por dentro y forman sociedades complejas; a la vez, con la gran libertad que les dan las alas, recorren distancias y para ellas cambiarse de monte es lo más natural. Para mí la guacamaya verde simboliza el espíritu silvestre de estas montañas, donde han existido en simbiosis con sus bosques y selvas. Allí anidan y descansan seguras en cavidades, en las calizas que conforman a la Sierra Madre Oriental, sistema montañoso que define el paisaje al este de nuestro país y del cual forma parte la Sierra Gorda.
Viejas conocidas
Fue una enorme fortuna haber crecido como conservacionista gracias al proyecto que fundaron mis padres, el Grupo Ecológico Sierra Gorda. Esa vastedad de montañas es mi traspatio y me puedo mover con toda libertad entre ellas. Esto, desde luego, me marcó, pues los contactos con toda su vida silvestre dejaron honda huella. Atestiguar cómo mata un puma a sus presas, escuchar el peculiar llamado del halcón selvático al amanecer o recordar perfectamente cuando, aún en mi niñez, una parvada de guacamaya verde se posó en un árbol fuera de casa de mis padres ‒el primero de muchos encuentros con esta especie‒, me hicieron la persona que soy.
En este vasto territorio se encuentran 343 especies de aves, donde las residentes se mezclan en invierno con las migratorias que nos visitan desde los Estados Unidos y Canadá desde hace milenios. En México contamos con 22 especies de Psitácidos, la familia de aves a la que pertenecen los pericos y dos especies de guacamayas. Sin embargo, sus efectivos y lares se han visto drásticamente disminuidos por la acción de nuestra especie. Las hemos orillado, poco a poco, a vivir en poblaciones pequeñas y aisladas con el desmonte de bosques y selvas, con lo que se han perdido árboles viejos con cavidades que ofrecían sitios de anidamiento. Asimismo, ha afectado el fraccionamiento de las masas forestales con carreteras y poblaciones y el incesante tráfico de pollos, obra de criminales que no se tientan el corazón para sacarlos de sus nidos. Dos de cada diez pericos o guacamayas muere antes de llegar al comprador, producto de una práctica claramente insostenible que está dejando los montes cada vez más silenciosos.
A nivel nacional, la población más numerosa sobrevive en la vertiente del Pacífico, desde Sonora y Chihuahua hasta Oaxaca, mientras en el lado del Golfo sobreviven en Tamaulipas, San Luis Potosí, Querétaro y una población aislada entre los estados de Puebla y Oaxaca. Antes y hoy Personas mayores en la Sierra Gorda recuerdan ver grandes parvadas de 300 individuos en las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Dicen que llegaban para alimentarse del maíz de sus milpas y por eso, en una sola tarde, sacrificaban hasta veinte o treinta aves. Otro vecino me comentó con una sonrisa en la cara que “las mataba por ruidosas”, por lo que ante tal actitud y agresiones sus poblaciones pronto se desplomaron.
Hoy, milagrosamente sobreviven ochenta parejas en la Sierra Gorda, en dos puntos que les sirven como refugio: el Sótano del Barro, que es una de las zonas núcleo de la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda y donde quedó prohibido, desde 1997, el descenso de espeleólogos para proteger sus nidos y pollos; así como en un profundo y angosto tajo en las montañas, el Cañón del Infiernillo, donde su colonia se ve amenazada por el cañonismo y las personas que descienden en ese sitio tan íntimo para ellas.
Nota:https://www.mexicodesconocido.com.mx/expediciones/la-guacamaya-verde-en-la-sierra-gorda.html?fbclid=IwAR0hRs2-eA0hu8JntVPV0cwX2-gePfNYxeGRgaSormDPyckirLA4Ij9iboQ















